Jornadas de Fútbol – La Opinión de Málaga

Si aplicáramos la lógica, esta rareza, nadie entraría a los campos de fútbol, ​​salvo aquellos en los que se practica como simple afición, sin poner en juego más que el honor de la camiseta. Mundial de Qatar, un país donde no se respetan los derechos humanos más elementales. Si aplicamos la lógica, esa es la cuestión.

El fútbol es tan ilógico como cualquier otra religión. Por eso trasciende lo racional, porque entra directamente en lo emocional. Cualquier razonamiento que queramos hacer con un seguidor de la religión del fútbol acabará inevitablemente chocando contra el muro de los sentimientos, en este incomprensible camino de la fe para quien no lo siente. Y es que, como toda religión, el fútbol mueve y no deja indiferente, porque hasta los que no les gusta el fútbol lo niegan con pasión.

“El fútbol no es una cuestión de vida o muerte, es algo mucho más importante”, me dijo una vez Manuel Alcántara, dejando vagar su mirada en la transparencia plateada de un “dry martini”. Ya sabía que la frase venía de Bill Shankly, quien entrenó al Liverpool en los años sesenta del siglo pasado, pero me gustó más pronunciada por mi querido maestro, porque encaja bien con su forma de pronunciar y mirarte con una especie de ironía. .

El fútbol, ​​como todas las cosas cuya esencia es inexplicable, está hecho para sentirse. Por eso nos atrapa desde pequeños, porque alimenta los problemas de base, el instinto competitivo y las ganas de ganar. En la clase de mi sobrino hay doce niños que quieren ser futbolistas. También hay uno que quiere ser registrador de la propiedad. La relación es de doce a uno entre futbolistas y registradores de la propiedad. En este momento, nadie quiere ser poeta, gracias a Dios.

Cuando era joven, no tenía ni idea de lo que era un registrador de la propiedad. Quería ser Juanito, pero terminé por darme cuenta de que estaba muy mal y que mi camino tenía que ser en otro lado. Onetti dijo una vez que la única sabiduría posible es asentarse en el tiempo, y así lo hice.

Entonces, el tiempo, que siempre lo controla todo (odio profundamente el desorden), me pidió que hiciera una serie de entrevistas, de esas que los viejos manuales de periodismo llamaban “con perfil humano”. Uno de los primeros personajes a los que me acerqué fue mi admirado Juanito. Quedó en encontrarme en La Rosaleda y allí, en la grada, en la misma grada donde mi padre me llevaba de la mano cuando era niño, hablamos de fútbol y de la vida durante horas. Aprendí mucho sobre fútbol y sobre la vida ese día. Juanito también sabía que el fútbol no es una cuestión de vida o muerte, sino algo mucho más importante, es una metáfora de vida o muerte.

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