La nueva historia de Marcelo Birmajer: La película Colombo

Dos veces me invitaron a Estados Unidos. Aprecio y admiro la democracia estadounidense. En mi camino de ida y vuelta me encontré con escritores latinoamericanos, en algunos casos profesores de reconocidas universidades norteamericanas, quienes despreciaron al país anfitrión y hasta desearon su derrota.

En esta oportunidad presenté un libro de mi paternidad, en la Universidad de Berkeley, en California. Estaba hospedado en un hotel en la ciudad de San Francisco. Por mucho que me guste caminar, los altibajos de las calles de esta ciudad me han obligado a reducir mis rutas.

Las pocas veces en mi niñez, cambiando de canal, pasé involuntariamente por la serie de televisión Las Calles de San Francisco, no me imaginaba que el mayor mérito de los oficiales era atravesar estas sierras asfaltadas.

En Alcatraz, al borde de un mar en calma, almorcé cangrejos y vi cómo una hembra mordía a los leones marinos. La escena me entristeció.

Esa noche me invitaron a cenar después de mi conferencia, en un restaurante giratorio, con un menú también giratorio: una infinita variedad de comida asiática en sus respectivos platos sobre una cinta transportadora. Los invitados eligieron a su discreción. Cada plato tenía un precio. Por suerte, no tuve que administrar mi propio dinero.

Espontáneamente compartí un pequeño pincho de pato con uno de los académicos, para que probara: resultó que era vegetariano, había “contaminado” sus platosy no me habló por el resto de la noche, a pesar de que lo senté a mi lado.

En un momento, mientras caminaba por el comedor, divisé una casa en la costa, iluminada como la luz del día, que me recordó episodios de Columbo, mi detective favorito. Al mencionarlo, alguien comentó que el hombre al final de la mesa había sido uno de los productores de quién sabe cuál de las películas para televisión de Columbo Años 90, cuando ya no era una serie.

Dejé mi puesto, fui a sentarme al lado del productor e improvisé mi inglés chapucero.

Desde hacía una década tenía la idea de recuperar el personaje de Colombo, con un actor relevante, para un estreno cinematográfico: como se había hecho con Super Agent 86 o Agente Cipol Eso es El SantoEntre otros.

El productor me explicó, con indiferencia, que Columbo dependía de Peter Falk, su actor principal. No había otro intérprete posible para este personaje.. Sabiendo que estaba cometiendo un sacrilegio (en cierto modo, contra la singularidad de Columbo y Peter Falk), insistí, insistiendo en la aspiración de una generación de espectadores del siglo XX, en todo el mundo.

El productor colocado en primera línea hombre nuclear dos chicos atrevidos. De todos modos, me invitó a resumir la historia de la película Colombo para él.

Tomé un vaso de vino de California y fui por el mío.

Uno de los capítulos memorables de Columbo —aunque la serie, como señaló el productor, se basó más en el alma de Columbo que en la precisión de cada capítulo por separado— es estudiar en negro.

El villano, un director de orquesta, lo interpreta. Juan Casavetes, amigo de Peter Falk en la vida real. (Qué apellidos más espectaculares, cabe señalar). Mi argumento se centró en el director, Alex Benedict, a su salida de prisión, habiendo cumplido su condena por el asesinato de un pianista.

Un periodista descubre que Benoît, cuando mueve el palo, hace cualquier cosa. No dirige la orquesta. Cada músico toca según su propia partitura, mirando al director como si lo siguiera; pero sabiendo que es un loco, un ignorante que solo mueve el palo, sin ton ni son.

Se les paga no solo por tocar sus respectivos instrumentos, sino también por acompañar la impostura. El es la loca constelación de un inútil con carisma y suerte.

El periodista Elliot Munch lleva años informando y evaluando favorablemente al falso conductor; pero algo había despertado sus sospechas, poco antes de que Benoît cometiera el crimen y fuera detenido.

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