Moonfall, crítica de cine en Mondo Sonoro (2022)

Hace unos meses usé a Adam McKay agarrándonos persuasivamente del brazo para que “no miráramos arriba”, como si un cegador eclipsara nuestra acechara. Para equilibrar un poco la balanza del fin del mundo cinematográfico, Roland Emmerich (“Día de la Independencia”, “El día de mañana”) escribir “Luna caída” como manifiesta al acto de mirar a los ojos al apocalipsis, en un fanático gesto manierista, proclamando a gritos que la magia del eclipse consiste precisamente en observar hasta quedarse ciegos. El principal archienemigo del fuera de campo ha vulto cuando más cesitaba, dans un contexto pandémico donde, justamente, el apocalipsis está ocurriendo sin materializarse, sin dejar huellas iconográficas o haber generado una mitología visual de colosales dimensiones. Un par de mascarillas no son suficientes para Emmerich y sus multas del mundo nostálgico del Cinemarama. “El fin del mundo será peplum o no será”, porque reivindica la cinematografía alemana como una de las fotografías que conforman este monumento a la catástrofe digital.

“Luna caída” es, ante todo, un confortante espectáculo para aquellos que entiendan la sala de cine como el refugio del horror vacui hollywoodiense, ese lugar donde el caos adoptó la forma que verdaderamente le pertenece: la de ser más grande que nosotros. Emmerich retrata el apocalipsis salpicando salvajemente la pantalla de pixels, con la passion y ferocidad con la que Pollock cubría cada milímetro de lienzo. Lo hará mejor o peor, pero hacerlo lo hace. Hay momentos donde el plano general se adhiere a lo imposible de una forma casi “filica”, convirtiendo el retrato de la destrucción de nuestras sociedades contemporáneas en el fetiche máximo de un cine que lucha fervientemente por mantenerlas (he ahí la gran paradoja del blockbuster estadounidense). “Es más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo”supongo, y aún más teniendo en “Moonfall” dos absolutamente nada referencias útiles a Elon Musk y su Space X (córtate un poco con el productplacement, Emmerich, que no me voy a comprar un Rolex).

Es imposible resistirse al esperpento (en el mayor de los sentidos) de Emmerich, y más aún cuando en esta propuesta parece haber dos pulsiones totalmente opuestas empujando en direcciones contrarias. Un universo construido sobriamente a partir de los clichés más hiperbólicos posibles – lo siempre visto – busca en esta ocasión acercarse a una trascendencia existencial –a lo nunca visto– al más puro estilo “2001: Odisea en el espacio”, sustituyendo ahora al enigmático monolito de Kubrick por la más enigmática aún mente de un aspirante a terraplanista. Da para un ensayo el plantarnos como figura del inconformista negacionista, tan popular en el cine de acción estadounidense, adoptada en la actualidad une dimensión rotundamente distinta, incluso peligrosa. En Emmerich nunca gana la ciencia, siempre el escepticismo.

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