Siempre nos quedará Casablanca, la película más amada del cine

El tiempo pasará y, sin embargo, las notas de piano y la inolvidable melodía que emana de la boca de Sam siguen resonando en el Café de Rick, como si el tiempo se hubiera detenido en la Casablanca que inmortalizó la Warner Bros en 1942. Pese a haber transcurrido 80 años desde su estreno, el filme mantiene intacto su poder de seguir sorprendiendo al espectador una y otra vez, como la primera vez que la vio. Es la magia de una película eterna, la de una historia de amor imposible que traspasa la pantalla gracias a la magnética pareja formada por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman.

Casablanca es una película hecha del material de los sueños de Hollywood, que apenas necesita presentación y de la que se han escrito decenas de artículos, ensayos, libros y tesis doctorales. Es cine en estado puro. Para muchos, la PELÍCULA. Así, en mayúsculas. Todo un mito, no solo del séptimo arte sino también de la cultura occidental del siglo XX, alabado por los círculos más dispares, incluso ajenos del cine. Nacida de una suerte de casualidades, el cine tal y como lo conocemos hoy no sería lo que es, si no se hubiera rodado jamás Casablanca.

Un caótico rodaje salvado por el talento

Casablanca es todo lo contrario a lo que hoy se entiende como cine de autor. Es fruto de la creación colectiva y del talento de la Warner Bros de la época. A los mandos, el director Michael Curtiz; la mítica banda sonora a cargo de Max Steiner, que venía de componer la música de Lo que el viento se llevó; el brillante y ácido guion fue fruto de la colaboración de los hermanos Julius y Philip Epstein y Howard E. Koch. Humphrey Bogart e Ingrid Bergman pusieron la guinda al pastel con unas interpretaciones memorables. Ninguno de ellos pudo vislumbrar que estaban contribuyendo a crear una película que tocaría el techo del séptimo arte.

La Warner promocionó Casablanca como el típico romance de la época y Hal B. Wallis, el jefazo del estudio, que tampoco creía mucho en sus posibilidades, la trató como un mero melodrama propagandístico antinazi de serie B. Las circunstancias en las que nació no hacían presagiar nada bueno. Con un bajo presupuesto, un guion inconcluso, rodada íntegramente en estudios y sobreponiéndose a decenas de adversidades, la película fue fruto de un cúmulo de casualidades que obraron el milagro.

WARNER BROS | La película está basada en la obra teatral ‘Everybody comes to Rick’s’

La película atravesó una larga travesía por el desierto hasta que vio la luz. Nació como una obra teatral, Everybody comes to Rick’s (Todo el mundo viene al bar de Rick), que jamás había sido representada y cuyos autores, Joan Alison y Murray Burnett, eran dos auténticos desconocidos. Habían sacado la idea de un viaje a Europa en 1938, en el que habían sido testigos de los primeros avatares de los refugiados que huían del nazismo y cómo un crisol de nacionalidades se citaba en un local nocturno del sur de Francia, probablemente la inspiración para el Café de Rick.

No obstante, el libreto permaneció en el cajón guardando polvo durante varios años hasta que llegó a la Warner el 8 de diciembre de 1941, un día después del ataque japonés a Pearl Harbor que desencadenó la entrada de Estados Unidos en la II Guerra Mundial.

Pese a que la Warner calificó al filme como una “tontería sofisticada”, sabía que sacaría rédito en la taquilla si se daba prisa en adaptar una obra con marcado trasfondo ideológico ante el aluvión de películas que se habían empezado a rodar con el propósito de alimentar el patriotismo estadounidense en el conflicto bélico.

El baile de directores comenzó con Howard Hawks y William Wyler, dos de los cineastas más reputados del momento, pero declinaron la oferta por falta de interés o estar inmersos en otros proyectos. Finalmente y casi por descarte, la película cayó en manos de Michael Curtiz, un director todoterreno que no gozaba de las simpatías de una crítica que siempre le había considerado un mero artesano. Sin embargo, el cineasta de origen húngaro tenía a su favor varios taquillazos en los años 30 como Robin de los bosques o el biopic musical Yanqui Dandy.

Casablanca fue cobrando forma sobre la marcha con múltiples improvisaciones. Su guion dio muchos quebraderos de cabeza y fue escrito y reescrito cientos de veces. Se creó una primera versión a cargo de dos guionistas que luego fueron sustituidos por los gemelos Epstein, responsables del tono irónico y cínico de la película. Como no lo habían terminado y estaban hasta arriba de trabajo, la Warner decidió contratar a otro guionista para trabajar otros aspectos del argumento. El elegido fue Howard E. Koch, que venía de escribir el guion radiofónico de La guerra de los mundos junto a Orson Welles. Incluso, hubo otro guionista y que no figura en los créditos, Casey Robinson, que también hizo aportaciones y escribió escenas durante el rocambolesco rodaje.

Así las cosas, con un guion incompleto hasta el último día de rodaje y una guerra total entre guionistas, el optimismo sobre el resultado final de la película brillaba por su ausencia. Se cuenta en muchos libros sobre el rodaje de Casablanca que hasta el propio Wallis escribió algunos diálogos, como es el caso de la célebre frase del final en la que el personaje de Bogart le dice al de Claude Rains: “Louis, presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad”.

El amor en tiempos de guerra

Casablanca es una película de amores imposibles, guerra y salvoconductos. Es, ante todo, uno de los grandes dramas románticos de todos los tiempos. Se trata de la historia de un amor que renace de sus cenizas, con Bogart y Bergman como la quintaesencia del amor imposible. “El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”, se lamentaba Ilsa al ver que la guerra se interpondría entre ella y su amante tras la llegada a París de las tropas alemanas. Con una historia así, de pasiones seccionadas por el sinsentido bélico y reencuentros conmovedores, no es de extrañar que la película ocupe desde hace décadas el primer puesto en la lista de las ‘mayores historias de amor’ del cine en la lista elaborada por el American Film Institute.

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Rodada en plena Segunda Guerra Mundial, Casablanca es también un thriller con trasfondo político que sigue la senda iniciada años antes por la exitosa Argel (1938) y en el que el exotismo de Argelia se traslada a un Marruecos francés cada vez más cercado por la contienda internacional. La película no esconde sus fines propagandísticos para tratar de convencer al pueblo estadounidense de que había que abandonar la tradicional neutralidad del país ante la barbarie de la guerra. De hecho, el personaje de Bogart, que vira de la indiferencia más absoluta ante el conflicto a renunciar a su amor en aras de la lucha contra el nazismo, es una metáfora de lo que Estados Unidos podía lograr si abandonaba su tradicional aislacionismo.

La película tenía previsto distribuirse en la primavera de 1943, pero el conflicto se encargó de precipitar los acontecimientos. El 8 de noviembre de 1942 las tropas estadounidenses desembarcaron en el norte de África para contrarrestar el avance de las fuerzas del Eje y la ciudad de Casablanca era mencionada en todos los noticiarios. Hal B. Wallis, que se las sabía todas, estuvo atento al contexto bélico y decidió adelantar al 26 de noviembre la fecha del estreno para aprovechar la coincidencia. Sin embargo, el estreno general en Estados Unidos tuvo que esperar hasta el 23 de enero de 1943, recibiendo una calurosa acogida por parte del público y de la crítica.

Cartelera del cine Callao de Madrid donde se anuncia Casablanca

A España no llegó hasta 1946, y con la censura franquista haciendo de las suyas. Ocultó a través del doblaje que Rick había luchado en el bando republicando durante la Guerra Civil como miembro de las Brigadas Internacionales, y se mutilaron algunas escenas que ensalzaban el sentimiento antifascista, como aquella en la que los soldados alemanes cantan su himno y los franceses les desafían haciendo lo propio con La Marsellesa.

La película es de una militancia política abrumadora que, incluso, llegó a influir en la diplomacia de EEUU. Cuentan varios libros sobre Casablanca que el presidente Theodor Roosvelt lloró al ver su proyección en la Nochevieja de 1942 y que, curiosamente, diez días después viajó a Casablanca para reunirse con Winston Churchill y cambiar el posicionamiento de su país en la campaña militar en el norte de África. Si realmente sucedieron así los hechos no se sabrá con exactitud, pero lo que sí es indiscutible es el poder propagandístico que tuvo la película en el contexto bélico.

El mito de Bogart

Junto a Marylin Monroe, Humphrey Bogart es probablemente el mito más universal que ha dado el cine. Su inconfundible figura -con su sombrero, su cigarrillo, su característica voz y su gélida mirada hacia las mujeres, está ligada al mejor cine negro de Hollywood (El sueño eterno, Tener y no tener, Cayo Largo). Sin embargo, su amplio registro interpretativo también le llevó a desenvolverse con soltura en otros géneros, como la comedia (La reina de África y Sabrina) o el western (El tesoro de Sierra Madre). Pero por encima de todo, ‘Bogie’ representó como ningún otro actor al arquetipo de antihéroe indómito, cínico y desencantado de la vida, pero poseedor de una nobleza apabullante.

El actor neoyorkino se hizo un hueco en el cine interpretando a gánsteres y villanos en películas de serie B de la Warner Bros durante la década de los años 30. Su espaldarazo definitivo en el cine llegó en 1941 de la mano de Sam Spade, el rudo detective de Dashiell Hammett en un clásico absoluto del cine negro, El halcón maltés. Ya convertido en una gran estrella, llegó el turno de Casablanca, la película que añadió un aura romántica a su imagen y le impuso como un galán de insólito atractivo. Había nacido un mito cuya influencia en el cine alcanzaría posteriormente a otros grandes actores como Robert Mitchum, Marlon Brando o Robert De Niro,

El papel de Rick Blaine le iba como un guante a la medida de Bogart. Fue su interpretación más memorable, por la que eternamente será recordado. Construyó el personaje de un hombre desengañado que protege su desgarrado corazón con una dosis extraordinaria de cinismo e ironía. Es algo así como el clásico norteamericano de la literatura de Ernest Hemingway que ha aprendido a moverse en un mundo corrupto para poder sobrevivir. Los diálogos más ácidos de la película son aquellos que salen de su boca, como uno de los que mantiene con el oficial nazi Heinrik Strasser.

Mayor Strasser. “¿Cuál es su nacionalidad?”

Rick: “Soy borracho”.

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Su abrumador sarcasmo también queda patente en otra escena con el perfecto de policía Renault.

Renault: “¿Pero, por qué demonios vino a Casablanca”.

Rick: “Mi salud. Vine a Casablanca a tomar las aguas.

Renault: “¿Qué aguas? ¿Qué aguas? ¿Las del desierto?”

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